Una de las características de nuestro tiempo es la de pensar sólo en el presente, buscando soluciones a corto plazo para los problemas inmediatos, pero sin pensar en las consecuencias que se originarán a largo plazo. Si algo nos quita libertad o nos crea obligaciones, hay que quitarlo de en medio.
La prudencia –el áuriga de las virtudes- brilla por su ausencia. Y no nos damos cuenta de que sin prudencia la vida se destruye, tanto la vida humana como la animal. Pensamos en el beneficio inmediato, en lo que nos gusta o interesa. Es el dominio del egoísmo individualista.
Y en ese ambiente, la familia es quizás la institución más maltratada. Los padres sólo piensan en trabajar, pero no educan a sus hijos; los hijos hacen lo que les viene en gana y manipulan a sus padres, consiguiendo de ellos lo que quieren; al llegar a la adolescencia, no obedecen a nadie y hacen de los fines de semana un coto cerrado para sus egoísmos. Los gobiernos de turno facilitan los divorcios, las relaciones sexuales cada vez más frecuentes y a menor edad; reparten la píldora “de emergencia” como si fuera una aspirina; y podríamos seguir enumerando un sinfín de malas costumbres que están destrozando la familia. Y nosotros somos espectadores pasivos de esta destrucción.
Es cuestión de detenerse a reflexionar en la importancia y las bondades de la familia. ¿Qué hubiese sido de nosotros sin unos padres que nos hubieran querido por lo que somos y no porque éramos guapos o listos? ¿Qué hubiese pasado si, en medio de nuestros problemas, no hubiésemos encontrado unos padres “amigos” que nos hubieran escuchado y comprendido? ¿Quién nos habría aconsejado a la hora de escoger una pareja para formar un matrimonio sólido y duradero?
¡Qué manera más tonta de autodestruirnos!
¿Y qué hacen los medios de comunicación ante este grave problema?: muchos prestan sus altavoces para difundir las mismas lacras en vez de ayudar en la reconstrucción de la muy bien llamada “célula de la sociedad”.
Y lo más curioso del caso es que en una encuesta de un país del primer mundo los jóvenes daban al valor familia el primer lugar, por encima de la salud, el trabajo o el bienestar. El 81% la daba al puesto de honor. Entonces ¿Por qué nos empeñamos en destruir?
No queremos dárnoslas de moralistas pero sí de gente que piensa en el futuro, que vive en familia y que desea lo mejor para sus semejantes.

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